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    No le gusta llamar la atención. Prefiere pasar desapercibida, pero no lo consigue. Es alta, morena y atractiva. Tiene talento. Pocos saben quién es, pero yo he tenido acceso a ella. Afónica por uno de esos catarros tan propios de esta época, se presenta como “M”.

    Vive en una ciudad de provincias en España. Licenciada en Comunicación Audiovisual, con un máster en Patrimonio y Comunicación y un doctorado en curso, combina la docencia universitaria, la redacción en un medio impreso, el diseño gráfico y los “Crímenes con M”.

    Un crimen para dormir

    Para quien aún no lo conozca, ¿qué es “Crímenes con M”?

    Crímenes con M es un podcast en el que se cuentan crímenes y asesinatos cometidos en España, pero siempre desde la perspectiva de la investigación. Me interesa sobre todo cómo se resuelven los casos, cómo llegan a pillar al malo y qué ocurre después en los tribunales: juicios, condenas, testimonios y estrategias de los abogados. Cada crimen es distinto: si ha tenido un juicio muy mediático y hay mucha información, me centro más en esa parte; si el juicio ha sido más sencillo, me fijo en otros aspectos, pero la investigación siempre está presente.

    ¿En qué se diferencia “Crímenes con M” de otros podcasts de “true

    crime”?

    En que lo hago a mi manera. Todo empezó porque consumo muchos podcasts de este tipo para dormirme; para mí son “como una nana”. El problema es que no los creaban al ritmo que yo los devoraba, y además hay pocos que realmente consigan relajarme mientras escucho una historia: si me duermo, bien; y si no, al menos estoy entretenida. Nunca he tenido mucha cultura de radio —en casa siempre estaba puesta y ese murmullo me ponía nerviosa—, pero cuando conecto con la voz del locutor, con su forma de narrar y con el trabajo que hay detrás, me engancho. En cambio, los formatos de tertulia, donde varias personas comentan un crimen, no me gustan; prefiero que me lo cuenten como un cuento. Así que tomé como referencia a mis dos podcasters favoritas y traté de hacer algo similar a

    ellas, pero a mi manera.

    ¿Por qué el “true crime” causa tanta fascinación?

    Por lo mismo que cuando hay varios coches de policía y un jaleo en la calle: hay quien pasa de largo, pero muchísima gente se detiene a mirar porque quiere saber qué ha pasado, por qué y quiénes son los protagonistas.

    A mí siempre me ha llamado la atención todo eso. Para que te hagas una idea, cuando La Sexta estrenó el programa “Crímenes imperfectos”, yo estaba en primero de carrera y me llegaba a saltar clases para verlo; me parece un formato buenísimo. También he visto todas las temporadas de CSI y las tenía en DVD. Me encanta la investigación, y creo que a mucha

    gente le pasa igual: todos llevamos un pequeño investigador dentro que quiere saber quién ha muerto, quién lo ha matado y por qué. Además, entra en juego la psicología, ese intento de comprender qué se esconde en la cabeza de quien comete semejantes atrocidades.

    ¿Qué te llevó a crear “Crímenes con M”?

    Además de que me encantan los “true crime”, llevo una comunicadora dentro. El podcast me permite hacer algo que me gusta sin que se sepa quién soy. Mi sueño sería hacer un programa como el de Carles Porta, con un equipo de producción e investigación que rastrea cada caso, visita los lugares y reconstruye la historia con todo detalle, pero ni soy Carles Porta ni me ha contratado Movistar Plus. Así que, con mis medios y lo que tengo a mano, esto es lo máximo que puedo hacer en el mundo de la divulgación del crimen. Sobre todo, quiero que la gente esté entretenida y que tenga su “dosis” de podcast de “true crime”.

    ¿Por qué has decidido mantener el anonimato y no revelar tu identidad?

    Principalmente por vergüenza. Siempre he sido una persona a la que no le gusta ser el centro de atención. Nunca me ha gustado ocupar el foco. También hay algo de miedo al fracaso: si algo sale mal o cometo errores, casi prefiero que no se sepa quién soy. Y si pasara lo contrario y llegara el éxito, tampoco me apetecerían las palmaditas en la espalda. Soy una rancia.

    ¿Qué casos son los que más te han impresionado o conmovido?

    Los que más me impresionan suelen ser aquellos en los que la investigación da un giro radical gracias a la ciencia. Por ejemplo, el caso de Eva Blanco, en el que 18 años después se descubrió quién era el asesino porque la tecnología y las pruebas de ADN habían avanzado. Me fascinan las investigaciones brutales, como la del caso de la agente de la Guardia Urbana: lo tenían todo atado para no ser descubiertos, pero siempre hay detalles que se escapan y a los que los investigadores saben agarrarse para conseguir inculpar a un criminal y meterlo en la cárcel, incluso aunque nadie confiese. Los que más me conmueven, en cambio, son siempre los que involucran a niños. Son criaturas inocentes que no merecen pagar con su vida las chaladuras de los adultos.

    Tras la entrevista “M” se aleja. No, no pasa desapercibida. Protege su sensibilidad intensa con una coraza de ironía, y el anonimato con cada episodio que presenta cada martes a las 13:30 h (hora peninsular española) en las plataformas Ivoox, Amazon Music, Spotify y Apple Podcasts.

    Quizás, algún día se deje ver.

    Publicado en Informe21 el 20 de enero de 2026

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    El sábado 3 de enero, a las 11:45 de la mañana, hora peninsular española, me despierta el repartidor de Amazon con una entrega que, en teoría, debía llegar varios días después. (¡Qué manía con hacer entregas fuera de aviso!). Todavía estoy medio dormido después de la cena de la noche anterior y de una pastilla antihistamínica cuyo efecto somnífero ya advertía el prospecto. 

    Enciendo el móvil y, ahora sí, mi mente sale del letargo de golpe. Mensaje de WhatsApp: “Buenos días, guapetón. Estoy escuchando la radio sobre lo de Venezuela”. El siguiente es más explícito: “Me acaban de escribir que han bombardeado Caracas. No sé si tu familia está allí exactamente (espero que no)... Espero que estén bien… Me parece terrible”. 

    Veo los vídeos en Instagram que muestran los bombardeos en distintos lugares del país. “Marico, llegaron los gringos”, o expresiones parecidas de asombro e incredulidad, se escuchan de fondo. Me imagino que, para quienes no están acostumbrados a la guerra, ver esos enormes helicópteros de Estados Unidos sobrevolando la ciudad debe de ser algo parecido a ver, de repente, naves extraterrestres cruzando el cielo. 

    Paso el día saltando entre distintas fuentes de información, pero con la vista clavada, sobre todo, en la emisión especial del canal 24 horas de RTVE. 

    Ya entrada la madrugada en España, llega también la confirmación que tanto tiempo llevaba esperando: Nicolás Maduro ha sido capturado. 

    Al momento de escribir estas líneas, mientras el Consejo de Seguridad se reúne para debatir la situación en Venezuela, es difícil no tener una postura ambigua ante todo lo que está pasando. Era necesario que Nicolás Maduro saliera del poder tras años de supuestas violaciones a los derechos humanos, de favorecer el crimen organizado, de contribuir a la destrucción económica del país y de usurparle el poder a Edmundo González Urrutia, quien legítimamente habría ganado las elecciones presidenciales del 28 de julio del 2024. Lo que tanto deseaba se había cumplido:ver la imagen de Maduro custodiado y esposado.

    Del régimen de Maduro al imperialismo de Trump

    Pero todo esto se ha logrado de una forma tan ilegítima como peligrosa: un país, una potencia mundial que se ha presentado históricamente como defensora de la democracia, se habría saltado a su propio Congreso y a la Organización de las Naciones Unidas para actuar militar y unilateralmente contra otro país. Otra muestra del mundo en el que vivimos, donde manda la ley del más fuerte y no la razón, el diálogo, la justicia ni el buen funcionamiento de las instituciones internacionales.​

    A partir de este antecedente, Donald Trump podrá seguir haciendo lo que quiera sin demasiada oposición. Podría, incluso, adueñarse de Groenlandia. Y otros países, como Rusia, podrán seguir justificando sus acciones en Ucrania, o Israel en Gaza. El argumento de la seguridad nacional o de los “derechos históricos” siempre están disponibles. ¿De verdad hay tanta diferencia con lo que en su día argumentaban los países del Eje durante la Segunda Guerra Mundial? 

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    “We are going to run the country”, aseguró Donald Trump en relación con Venezuela. Y sobre María Corina Machado: “es una persona encantadora, pero no tiene el respaldo de la población”. Por ahora, no tenemos más que suposiciones y no queda otra que elucubrar. Los más optimistas —y aquí me quiero incluir— pensamos que Estados Unidos dejará (y presionará) a Delcy Rodríguez, hoy presidenta encargada de Venezuela, para que conduzca una transición que lleve a unas elecciones democráticas. Puede ser. Eso deseo.

    ​Pero, ¿qué le queda al resto del mundo? Tal vez sea hora de admitir que ya no existen normas y que el sueño de hacer del deporte y del comercio vías pacíficas para resolver las diferencias se ha quedado en una utopía.

    Publicado en Informe21 el 6 de enero de 2026

  • Donde el Tajo se pierde en su inmensidad y el puente Vasco da Gama domina el paisaje con su majestuosa estampa, caigo en las contradicciones de una Europa a veces ilusionante y otras, ingenua.​

    Lisboa exhibe con orgullo sus tranvías pintorescos, símbolo de una ciudad que combina tradición y modernidad. Su estructura urbana parece tambalearse, pero se adapta perfectamente a la integración de cámaras de seguridad y lectores de tarjetas de transporte, como si fuera una mimética fusión entre lo antiguo y lo contemporáneo.​

    La ciudad sabe lo que tiene y cobra por ello: ya no es la ciudad de los precios bajos. Hoy, sus costes turísticos son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. El lisboeta medio, con un salario mínimo inferior al de España, puede verse cada vez más excluido de las atracciones turísticas y experiencias gastronómicas locales. En realidad, cualquier trabajador del sur de Europa se va quedando al margen de capitales que apuntan al lujo de los turistas, aquellos que sí pueden permitírselo.​

    El proyecto europeo fue ilusionante: un continente unido, pacifista, próspero y centrado en el comercio. Pero la realidad parece indicar que Europa se queda atrás frente a una China ambiciosa, a un Estados Unidos autoritario y a una Rusia expansionista. Europa aparece desnuda, rezagada, cada vez más dependiente de la defensa de su socio americano y sin ejércitos propios.​

    Los costes turísticos de Lisboa son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. Foto: MRA
    Los costes turísticos de Lisboa son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. Foto: MRA

    Es 10 de junio, Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas. El tráfico se corta en Lisboa para dejar paso a las comparsas que se apoderan de la Rúa Augusta. El ambiente es alegre y colorido. Sin embargo, desde la pandemia siento que el bienestar que aún disfrutamos tiene los días contados. Vivo esta frágil tranquilidad con la conciencia de que es una burbuja que tarde o temprano estallará. Las desigualdades crecen, nuestra capacidad de reacción ante China es mínima y el espíritu reivindicativo parece ausente en una juventud que, en su memoria más profunda, carga con los horrores de la guerra de las generaciones anteriores y que no está dispuesta a revivirlos.

    Publicado el Informe21 al 15 de diciembre de 2025

  • Foto de: Máximo Rondón Aguirre

    Yajaira Ángulo Reinoza llegó a Europa en 2019 con un destino en mente: Madrid, y un solo plan: trabajar “en lo que salga, siempre que fuese honrado”. Sin embargo, un giro del destino le cerró la puerta del alojamiento en la capital y la desvió hacia Burgos, donde un amigo podía recibirla. Lo que empezó como una solución práctica se convirtió pronto en conexión íntima. Burgos, con sus montañas alrededor, su vegetación y su ritmo reservado y silencioso, le recordó a Mérida, su ciudad natal en los Andes venezolanos.

    El deseo de “echar raíz” es el centro de su relato y la clave que explica el nacimiento de Petricor, la cafetería-librería que, “con olor a tierra mojada” abrió Yajaira Ángulo Reinoza en el Paseo Regino Sainz de la Maza, bajo 4, 09004, Burgos, España. Lo hizo porque “quien no arraiga en el lugar que lo acoge no prosperará, igual que un árbol que no termina de afianzarse en la tierra”. Echar raíces, dice, implica crear sueños, intenciones e ilusiones en el nuevo territorio, y su cafetería-librería es la materialización concreta de ese propósito.

    La idea venía de lejos, inspirada por un cafélibrería de Mérida que le había demostrado que libros y café pueden convivir como un mismo gesto de hospitalidad. En Burgos, a esa combinación le añadió “un poco de arte”, apoyándose en su experiencia teatral, en una red de amistades y en una pareja que la han ido sosteniendo en la aventura de emprender sin ayudas oficiales, con sus ahorros y mucho “trabajo de hormiga”.

    La librera que aprendió a leer de nuevo

    Antes de levantar Petricor, su primer anclaje con la ciudad fue el carnet de biblioteca pública: los libros, dice, la han salvado siempre y la acompañan dondequiera que va. Más tarde, trabajar en una librería en la centenaria librería burgalesa “Música y Deportes” fue para ella una experiencia confrontativa”, porque “no es lo mismo crecer leyendo literatura sudamericana que adentrarse en los clásicos y en los ritmos narrativos europeos”.

    Ese encuentro con autores de los siglos XVIII y XIX reforzó en Yajaira una intuición: “la naturaleza humana permanece, cambia el contexto, pero no el impulso de perseverar y de cambiar el propio destino”. Yajaira cita, por ejemplo, la lectura de una novela victoriana donde una mujer decide transformar su vida trazando un plan concreto, y ve ahí un espejo del mismo deseo contemporáneo de tomar las riendas y no resignarse.

    Libros vividos y citas a ciegas

    En las estanterías de Petricor conviven libros nuevos con lo que ella llama “libros vividos”: ejemplares donados que priorizan filosofía, narrativa, ensayo y clásicos a precios asequibles. Yajaira piensa especialmente en estudiantes o en personas que, como ella cuando llegó a Burgos, que quizá no pueden pagar veinte euros por un libro, pero sí cinco, y así acceder a buenas lecturas.

    Escoger un libro, asegura, se parece mucho a tener una cita. Se abre, se hojea, se leen unas páginas y el lector decide si habrá un segundo encuentro, o si es mejor no volver a verse. No habla de libros buenos o malos en términos absolutos, porque “el arte es subjetivo”, pero sí defiende que hay obras con más o menos calidad literaria.

    Un espacio sin algoritmos

    Una de las ideas más claras de Yajaira es la necesidad de recuperar la experiencia humana frente a la lógica algorítmica que domina la recomendación de contenidos. Sabe que si un lector indica que le gusta, por ejemplo, cierta novela romántica o gótica, el algoritmo insistirá una y otra vez con títulos similares, estrechando el horizonte de lo posible.

    En Petricor, en cambio, quiere defender el azar y la curiosidad: que una portada, un título inesperado o un libro que no se venía buscando provoquen un encuentro nuevo. Para ello organiza clubes de lectura y dos eventos fijos al mes: una “fiesta literaria”, donde las personas intercambian libros envueltos como regalos y conversan sobre ellos, y una “fiesta de lectura”, en la que se lee en silencio en compañía y luego se abre una tertulia improvisada. Parte de estas actividades son reseñadas en su cuenta en Instagram.

    Café, tertulia y desobediencia al miedo

    El proyecto no ha estado exento de obstáculos, pero el mayor, confiesa, no ha sido económico, sino emocional: lidiar con el miedo ajeno, con quienes le repetían que abrir un espacio así en Burgos era una locura. Durante los primeros meses se descubrió a sí misma tranquilizando a los demás y asegurando que todo iría bien, aun cuando ella misma no tenía claro el “cómo”.

    Hoy, con Petricor en pie, recuerda maravillada a los clientes más jóvenes que se acercan preguntando por Chéjov o por los clásicos. Eso, la reconforta, y se da cuenta de que todo va bien, que el camino, pese a las dificultades, merece la pena.

    La tecnología como secretario, no como oráculo

    La inteligencia artificial forma parte de su día a día, pero en un rol muy definido: la IA es “su secretario”. Insiste en que la que crea es ella, mientras que la herramienta se limita a abreviar, dar forma o sugerir estructuras a partir de lo que ya ha pensado. Su único temor no es a la tecnología, sino a que las personas se deshumanicen tanto que olviden que siguen siendo ellas quienes mandan y las máquinas las que obedecen.

    Echar raíces sin perderse

    La metáfora que Yajaira utiliza para hablar de sí misma condensa toda su filosofía: un campo de girasoles y, en medio, una sola amapola. “La amapola siempre será una amapola, incluso rodeada de otras flores, pero para crecer necesita echar raíces en ese campo ajeno”. Así entiende su vida: venezolana de esencia, burgalesa de hogar, convencida de que abrazar con amor la cultura que recibe no borra el origen, sino que le ofrece el contexto necesario para prosperar.

    Publicado en Informe21 el 9 de diciembre de 2025

  • Imagen generada con IA

    Estas líneas han sido escritas con ayuda de una inteligencia artificial. Y ya imagino a los puristas frunciendo el ceño. Pero antes de que empiece el linchamiento, pregunto a viva voz: ¿la inteligencia artificial es realmente tan diferente a cualquier otra herramienta que hemos adoptado a lo largo de la historia?

    Hubo un tiempo en el que la escritura solo se concebía con pluma y tinta. ¿Desdeñamos en su día por a las ruidosas máquinas de escribir y luego el ordenador? Dentro de unos años la inteligencia artificial será tan común que la polémica actual nos parecerá absurda.

    Sin embargo, hay quienes ven a la IA como una amenaza, un golpe a la creatividad. Dicen que nos convierte en meros operadores de comandos. Pero, ¿qué es la creatividad sino un diálogo con lo que nos rodea? ¿No hemos construido siempre nuestras ideas sobre los cimientos de otros? 

    La frontera entre lo humano y lo tecnológico es difusa. Nos encontramos en un territorio inexplorado, donde la clave no es solo lo que la IA puede generar, sino las preguntas que le hacemos. Porque, como dijo algún iluminado (o iluminada, no lo recuerdo), las buenas preguntas valen más que las respuestas. Y si nuestras preguntas son pobres, el resultado será mediocre.

    Pero aquí surge la verdadera cuestión: ¿soy yo quien usa la inteligencia artificial, o es ella quien me usa a mí? ¿Soy el creador que la moldea con mi visión, o me estoy dejando devorar por su lógica impersonal? Me aprovecho de su potencia, sí, pero… ¿no será ella la que, poco a poco, nos consume a todos, como Saturno devora a sus hijos en la aterradora imagen goyesca?

    Hay algo inquietante en el resultado. La IA puede producir textos técnicamente impecables, estructurados, lógicos. Pero… les falta algo. No hay alma. No hay duda ni contradicción. No hay alma.

    ¿Podrá la inteligencia artificial llegar al punto de conectar con las emociones más profundas del lector? ¿O siempre será un reflejo vacío, un eco sin esencia? Quizás la verdadera pregunta no es si debemos usarla o no, sino cómo evitar que nos convierta en meros repetidores de su fría eficiencia.

    Al final, la escritura no es solo palabras en un papel (o en una pantalla). Es el eco de una voz que quiere decir algo único. Y por ahora, por más brillante que sea su ejecución, la inteligencia artificial sigue sin tener una voz propia.

    O quizás… solo está esperando que bajemos la guardia.

    Publicado en Informe21 el 26 de marzo de 2025

  • Imagen generada con IA

    Los amantes de las historietas están de enhorabuena, porque una de sus mayores fantasías se ha hecho realidad: estamos viviendo dentro de un cómic.

    La similitud entre Elon Musk y Lex Luthor se hace evidente: ambos son genios, multimillonarios, excéntricos, extravagantes y bastante «chuscos». Y no lo pasemos por alto: increíblemente poderosos.

    No vamos a atribuir a Musk la maldad y el desenfreno de Luthor (de momento). Pero, en todo caso, tenemos en la Casa Blanca a un hombre (o a un niño grande con muchos juguetes, entre los que se incluyen cohetes, robots y coches autónomos) con muchas ganas de divertirse, y que ha encontrado un padrino dispuesto a consentir, por ahora, todos sus deseos. El problema es que ese padrino es el presidente de una de las naciones más poderosas del mundo, rodeado de una corte de amigos y compadres que parecen cortados por el mismo patrón. Me los imagino a todos reunidos en la Oficina Oval, comiendo pizza, riendo y manejando el mundo como si fuese un juego de mesa. Podría ser divertido y cinematográfico. Pero está más cercano a lo esperpéntico y es el mejor ejemplo de la decadencia de una primera potencia mundial. Podría dar miedo o, por el contrario, podríamos sentirnos privilegiados de vivir en una época en la que somos testigos de cómo la geopolítica se reordena, surgen nuevos imperios y el otrora faro de la democracia, la nación personificada por el Capitán América o por Superman, se va hundiendo.

    Ahora bien: si tenemos una suerte de Lex Luthor, me pregunto si también existe su contraparte, ese ser poderoso y justiciero dispuesto a salvarnos. O esa Mujer Maravilla capaz de atar con su lazo dorado a los villanos. Y es aquí donde llega la desolación. Porque, sí, estamos bastante solos. Ni la ONU, la OEA, el Vaticano, la Unión Europea (ni, por supuesto, los Estados Unidos) sirven para contener los atropellos de Israel, los abusos de Nicolás Maduro, las canalladas de Vladímir Putin, los conflictos en Sudán, Etiopía, el Sahel o el Congo; el narcotráfico desbordado en México…

    Cuando era niño, veía a los Estados Unidos como la nación que mejor representaba los más altos ideales de prosperidad, libertad y honor. Mi madre me dijo un día: “Estados Unidos se ve a sí mismo como Camelot”, en alusión a la ciudad artúrica. Pero hoy, aparte de que han pasado suficientes años para que se despejara mi idealismo, América ya no es lo que era. Y Europa, en su afán de presentar una alternativa pacifista, ecológica, democrática y unionista, se muestra burocrática, lenta, vieja e ingenua, y se va quedando atrás ante la avasallante China.

    En este cómic en el que vivimos, los villanos se han vuelto reales. Pero no hay héroes. Superman no surca los cielos. Y Batman no responde a la señal luminosa durante las noches más oscuras de los tiempos que corren.

    Publicado en Informe21 el 2 de abril de 202

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    Se ha debatido ampliamente sobre la pertinencia del lenguaje soez o profano en la literatura. Existe un consenso generalizado en que no resulta inapropiado, siempre que contribuya a enriquecer el discurso narrativo.

    En 1983, el plató del programa Su Turno, de Televisión Española, reunió a la poeta Gloria Fuertes y al novelista y académico Camilo José Cela, y en una conversación informal y amistosa hablaban, entre otras cosas, del uso aceptable de la palabra “coño” y de su inclusión en el diccionario de la Real Academia Española. Cela advirtió que el empleo de tacos debe abordarse con precaución y mesura, ya que puede fácilmente derivar en vulgaridad. Sin embargo, ambos coincidieron en que una palabrota bien colocada puede añadir brillo y expresividad al lenguaje, incluso en la poesía.

    El crítico teatral británico Kenneth Tynan es conocido por haber sido la primera persona en pronunciar deliberadamente la palabra “fuck” durante una transmisión televisiva en directo en 1965, en referencia a una relación sexual. Este gesto generó una gran controversia en su momento.

    Por otro lado, a Mark Twain se le atribuye el siguiente razonamiento: «La idea de que ningún caballero dice palabrotas está completamente equivocada. Puede maldecir y seguir siendo un caballero, si lo hace de manera agradable, benévola y afectuosa”.

    Parece haber consenso en que el uso moderado y pertinente de palabrotas puede ser aceptable e incluso enriquecer el discurso literario. Sin embargo, cabe preguntarse qué ocurre cuando se abusa del lenguaje profano, incluso cuando proviene de personalidades de reconocido talento, trayectoria y prestigio.

    Un domingo, mientras desayunaba en mi bar favorito, provisto de pincho de tortilla, café cortado y revista dominical en mano, me topé con un titular en la columna Arturo Pérez-Reverte que casi provoca que me atragante: “Tutee usted a su puta madre”. ¿Era realmente necesario un título tan vulgar? ¿No tiene un miembro de la Real Academia formas más elegantes de expresar su indignación por el deterioro de las formas sociales, a las que hace referencia en su artículo? En el artículo, el autor critica a un ministro de Justicia por tutear a jueces durante un acto oficial, considerándolo una falta de respeto y de protocolo.

    Más allá de la postura de Pérez-Reverte, me pregunto si semejante titular está justificado. ¿Puede permitírsela, amparado en su prestigiosa trayectoria literaria e intelectual?

    Algunos hombres de letras sostienen que su estatus y edad les permiten expresarse con libertad, sin más censura que la de su propia conciencia. Es importante -urgente diría- escuchar las perspectivas de estos individuos, dada su profundidad intelectual, sus valores y su experiencia. Sin embargo, el barriobajismo literario queda fuera de lugar, y  no debe ser refugio de la grosería disfrazada de autenticidad.

    Publicado en Informe21 el 9 de abril de 2025

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    Durante un paseo por mis espacios cotidianos, me encontré con una pintada que decía: «Volver a creer que la revolución es posible”. La frase me interpeló a lo largo de todo el recorrido.

    ¿A qué revolución se refiere? ¿A una que nunca llegó a consumarse? ¿Es eso lo que hace falta? ¿Quiero yo un cambio radical en las estructuras? Con el paso de los días, dejé que la idea madurara. No sé cuál era la intención de quien escribió esa pintada. Tal vez buscaba conectar con un pasado que hoy puede parecer romántico, un tiempo en el que los ideales

    movían a las personas a luchar y sacrificarse. Tanto izquierdas como derechas han defendido sus idearios, en ocasiones cometiendo barbaridades. En otros casos, esos ideales fueron traicionados, y hoy solo llenan panfletos vacíos usados para justificar dictaduras.

    Me pregunto si alguien en el primer mundo realmente desearía una revolución. En países como España, donde resido y estamos rodeados de comodidades —y si tenemos trabajo—, nuestras decisiones más trascendentes suelen ser qué comprar en Amazon, qué plataforma de streaming contratar o dónde pasar las vacaciones.

    He escuchado a personas decir que, durante la pandemia del coronavirus, llegaron a desear que todo se fuese al garete e iniciar así un nuevo tiempo.

    Y me pregunto: ¿qué incomoda tanto a algunas personas como para querer derribar un sistema que, aunque imperfecto, contradictorio e hipócrita, nos brinda libertad, condiciones de vida dignas, y acceso al conocimiento y la tecnología? Un sistema en el que puedo decidir, dentro de mis posibilidades, cómo pensar y sentir, incluso a riesgo de equivocarme.

    Aun así, claro que quiero un cambio. Pero no una revolución. Lo que quiero es volver a creer en la democracia.

    Creer que el dinero no lo es todo.

    Que importan la dignidad y la ética.

    Que quienes nos representan están al servicio de las mayorías; que son personas capaces de generar esperanza, de gestionar situaciones adversas, y de rodearse de los mejores.

    Quiero que el debate político vuelva a ser un espacio de respeto, negociación y consenso.

    Que la alternancia en el poder permita a izquierdas y derechas aportar lo mejor de sí, en lugar de desconectarse de la ciudadanía sin comprender sus verdaderas necesidades.

    Que no abandonen a esos que aún con trabajo siguen siendo pobres, se sienten solos y desatendidos, y terminan eligiendo a populistas que saben apelar a las emociones, pero luego conducen a los pueblos al desastre.

    Así que, si en mi próximo paseo me da por hacer una pintada, será: “Volver a creer que la Democracia es posible”.

  • Imagen de Pexels en Pixabay

    Paula no imaginaba que el día de su cumpleaños sería el mismo en que España volvería a darse cuenta de su propia fragilidad. A primeras horas del mediodía de hoy 28 de abril, se fue la luz. Pero este no era un apagón cualquiera. Pasaban las horas y la oficina seguía a oscuras. Empezaban a llegar mensajes desde distintos puntos de la península reportando la caída del servicio eléctrico. La situación escapaba de la normalidad. 

    Sin poder usar los ordenadores y con una conexión a Internet y líneas telefónicas muy inestables, comenzamos a bromear, pero también a ser conscientes de todo lo que implica una caída de este tipo: cajeros electrónicos, puertas de garaje, semáforos, supermercados… Pensamos en los aeropuertos y en los hospitales, que en muchos casos podían abastecerse de momento con generadores. Por un momento, no fue posible saber qué ocurría con nuestros seres queridos. Sabíamos que esta situación no era normal y empezamos a suponer que, detrás de todo, habría como mínimo un ataque cibernético. 

    En los breves momentos en que volvía la conexión a Internet, pudimos confirmar garcías mensajes de WhatsApp de amigos y familiares nos enviaban desde distintos puntos de España y desde el resto de Europa, y por lo que veíamos en los portales de noticias que el apagón era generalizado y que incluía a Portugal pequeñas zonas, muy concretas de Francia. 

    Llegó mi hora de salir de la oficina, y al pasearme por las calles algunas escenas me recordaron los días previos al confinamiento por la COVID-19: la gente comentando la situación, enfrentando la incertidumbre. Sí, Occidente es muy frágil. Lo supimos en la época de la pandemia y vuelve a quedar en evidencia ahora, cuando las amenazas de guerra flotan en el ambiente. En otros países ya se tomaban en serio el kit de supervivencia desde hacía mucho tiempo. Quizá en España sea el momento de hacerlo también. Yo, sin duda. Sin electricidad ni Internet, resultaban fundamentales una radio a baterías y una linterna. 

     Es un día soleado, así que aprovecho para dar un paseo. De vez en cuando me siento en algún banco y voy escribiendo este artículo con mi teléfono móvil. En realidad, no quiero subir a casa: no funciona el ascensor y son seis pisos hasta mi ático. Tampoco puedo cocinar, ya que dependo de la electricidad. Todas son buenas excusas para quedarme en la calle, disfrutando de un día primaveral. Pienso en Paula. Seguramente, imaginó que el día de su cumpleaños encendería el número de velas acorde a su edad. Pero nunca imaginó que se convertiría en uno en el que España se vería obligada a reconocer, una vez más, su propia debilidad. La misma en la que se puede ver reflejado todo Occidente. Más allá de las causas, dependemos enteramente de la electricidad, y algo o alguien, puede dejarnos fácilmente sin ella. 

     Al cierre, ya en casa, habían pasado casi seis horas de apagón y volví a tener electricidad a las 17:37 h, hora peninsular española. Cerca de las 18:00 horas compareció el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, asegurando que “las próximas horas serían críticas”. Hizo un llamado al uso responsable de las líneas telefónicas, pidió limitar al máximo los desplazamientos y advirtió que no se descartaba ninguna hipótesis sobre el origen de los apagones. Para las 19:00 horas se esperaba una nueva reunión del Consejo de Seguridad Nacional. En algunos lugares de España, el suministro aún no se ha restablecido, informa Televisión Española a las 18:50. El comportamiento ciudadano, aseguran desde la cadena pública, está siendo ejemplar.

    Publicado el Informe21 al 28 de abril de 2025

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    Temido, vilipendiado, evadido: así es el aburrimiento para muchos. Está mal visto.

    Hoy en día es muy difícil aburrirse, porque lo que sobra es entretenimiento: redes sociales, series y películas, música, compras; en definitiva, consumo. Vivimos abrumados por una avalancha de estímulos y posibilidades que nos generan estrés.

    Y, además, está mal visto aburrirse, porque hay que ser productivos: tanto en el ámbito laboral como en el doméstico. Siempre debemos estar haciendo algo: frente al ordenador, en la línea de producción, con la escoba en mano, o —en esferas más intelectuales— con un libro.

    Este afán por la acción constante se justifica, en parte, por la idea de que el ocio es refugio de vagos o desorientados, y muchas veces, fuente de ocurrencias poco afortunadas. Las primeras reglas monásticas impulsaron la disciplina del “orar y trabajar”, con el objetivo de recogerse ante Dios y no dar cabida al demonio en las mentes de los monjes. Siglos después, la Revolución Industrial nos convirtió a todos en engranajes de una gran máquina de producción en serie.

    Pero, en realidad, el mayor temor al aburrimiento es porque nos enfrenta al vacío: ese que cuestiona, desnuda e interroga. Un espacio que revela la crudeza de una insatisfacción, ya sea crónica o momentánea. Es cuando te das cuenta de que esa persona, ese trabajo, esa rutina vital ya no te llenan; de que deseas hacer algo que va más allá de lo que hoy te limita mentalmente. Un vacío que puede parecer sinónimo de muerte, pero que también es nacimiento, fuente de todo lo que existe.

    Por todo ello, benditos sean quienes se aburren, porque en ellos están las esperanzas de la creación. Son ellos quienes, al enfrentarse al silencio y al vacío, encuentran la chispa que enciende la imaginación y despierta nuevas ideas. En ese espacio aparentemente muerto, lejos del ruido constante y la distracción, florece la reflexión profunda y la conexión con uno mismo. El aburrimiento, lejos de ser un enemigo, se convierte así en un aliado imprescindible para el crecimiento personal y colectivo, un recordatorio de que en la pausa y la quietud se gesta el verdadero impulso hacia el cambio y la innovación.