• Debemos intentar que el lenguaje nos incluya a todos, pero sin convertirlo en algo artificial o difícil de entender. Imagen: IA ChatGPT

    «Lo que no se nombra, no existe». Esta frase, aparentemente simple, encierra una discusión aún por resolver: ¿incluye realmente el lenguaje que usamos cada día a todas las personas? O, más importante aún, ¿a quién estamos excluyendo sin darnos cuenta?

    Mercedes Bengoechea Bartolomé, catedrática de Filología Inglesa en la Universidad de Alcalá y referente en estudios sobre lenguaje y género, lo dejaba claro ya en 2003: «La mujer tiene el derecho a existir como mujer en la lengua y a ser nombrada en igualdad de condiciones que el hombre. No se trata de una exigencia insignificante: supone un paso fundamental hacia su liberación».

    Veinte años después, el debate sigue vivo. Y los testimonios de mujeres de diferentes ámbitos profesionales revelan una realidad compleja: mientras algunas se sienten perfectamente representadas por el masculino genérico, otras cargan con la sensación de ser invisibles en su propio idioma.

    La escuela: donde todo comienza

    Sara Rodríguez Jaular, licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Burgos, recuerda una reunión escolar reciente: «Dos tutores y una tutora. Éramos más madres que padres, y hablaban de ‘los alumnos’ y ‘los profesores’. En ningún momento se refirieron a las alumnas. A mí me sienta mal. Mi hija también está apuntada a este colegio. Ante esto, la respuesta habitual es: ‘Pero si el masculino incluye a todos, es por economía del lenguaje’».

    Sara lo tiene claro: «Pues di estudiante o alumnado. No digas alumnos. Si no te nombran… lo que no se nombra, no existe».

    Sara Aparicio, graduada en Pedagogía y especializada en Psicopedagogía y Necesidades Educativas Especiales, Orientación Educativa y Atención Temprana, va más allá: «Desde pequeñitas tenemos que aprender a entender cuándo se nos está incluyendo y cuándo no. ¿Por qué tengo que hacer yo el esfuerzo de entender si me incluyen, y el niño no?».

    La ciencia que olvidó a la mitad de la humanidad

    Uno de los argumentos más contundentes surge cuando Sara Aparicio habla de medicina:

    «Cuando hablan de cáncer o incluso de una apendicitis, sientes que deberías sentirte incluida. Hablan en masculino genérico, pero es que vas más allá y resulta que esos estudios se realizaron solo en hombres». La realidad es demoledora: «Ahora que se investiga más, se dan cuenta de que la apendicitis no duele igual en hombres que en mujeres. Entonces, ¿me tenía que sentir incluida? No lo estaba».

    Andrea Zanoguera, fisioterapeuta y docente, coincide: «El lenguaje es masculino, eso es un hecho. Y la ciencia ha sido contada por hombres desde una perspectiva masculina».

    Recientemente, para dar una noticia sobre menopausia y nutrición se entrevistaba… ¡a hombres! «Eso ha sido un completo disparate», sentencia Andrea.

    No es solo gramática, es mentalidad

    Ruth Herrero, licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca y docente, ha encontrado soluciones prácticas:

    -Cuando redacto mis cursos, intento hablar de «personas», «estudiantes», «alumnado», «personal». Muchas veces no hace falta especificar y se puede utilizar una palabra que englobe a todo el mundo de manera natural.

    Su enfoque es pragmático: «Si doy una clase con diez mujeres y un hombre, no tengo ningún problema en decir vamos a hacer este ejercicio todas. Al fin y al cabo, las mujeres hemos vivido siendo incluidas dentro del masculino genérico. Entiendo que gramaticalmente pueda usarse así, pero también creo que es legítimo preguntarnos si siempre tenemos que hacerlo».

    Ruth recuerda un ejemplo revelador: «En una clase se dijo: los niños hoy van a leer un libro y algunas niñas entendieron que ellas no estaban incluidas. Puede parecer una tontería, pero demuestra que la forma en que usamos el lenguaje influye en cómo nos sentimos representados».

    Inclusivo no significa incomprensible

    Sin embargo, Ruth traza una línea roja:

    –No estoy de acuerdo con fórmulas como «todes», «algunes», la arroba o la «x». No me gusta como quedan y pueden hacer el lenguaje menos comprensible. Además, hay una cuestión de accesibilidad: determinadas formas plantean problemas a personas que usan lectores de pantalla.

    Para ella, el lenguaje no sexista «no significa poner e, @ o x en todas partes. Significa ser consciente de cómo hablamos y buscar alternativas cuando las haya: utilizar términos colectivos, reformular una frase, utilizar el femenino cuando el grupo es mayoritariamente femenino».

    La carga peyorativa del femenino

    No todas las mujeres comparten esta perspectiva. Begoña Marcos, con estudios en Relaciones Laborales, se siente «perfectamente incluida con el lenguaje genérico». Para ella, «diferenciar tanto me parece poner más distancia entre géneros».

    Sin embargo, Begoña señala: «Lo que sí me ofende son las palabras que en femenino tienen significado especialmente peyorativo y en masculino no. Por ejemplo, zorra-zorro. O «este chico es un cualquiera» versus «esta chica es una cualquiera». 

    Este es, quizás, el verdadero núcleo del problema: no se trata solo de gramática, sino de cómo el lenguaje refleja y perpetúa desigualdades históricas.

    Construyendo un lenguaje que incluya de verdad

    El Manual de lenguaje no sexista de la Universidad Politécnica de Madrid lo deja claro: «A través del lenguaje, representamos el mundo en el que vivimos, razonamos, transmitimos ideas, sentimientos, pensamientos. El lenguaje construye el pensamiento, la ideología, la historia de la sociedad. Si el lenguaje solo habla en masculino, es un lenguaje sexista«. Pero también matiza: «El lenguaje como tal no es sexista, ya que dispone de masculino y femenino, de abstractos, de genéricos, de múltiples recursos para nombrar a todas las personas. Pero son las personas las que, con el uso que hacen del lenguaje, lo convierten en sexista o no».

    Andrea Zanoguera lo resume con una reflexión cotidiana: «En grupos de solo mujeres, aunque haya un solo hombre, ya se generaliza y se habla de todos y no de todas. Parece que siempre estamos hablando para una mayoría masculina. Tenemos un lenguaje muy diverso y podemos estudiar, mejorar y hablar bien».

    El camino por recorrer

    La conclusión no es simple ni única. Como señalé en mi artículo publicado en Informe21 el 28 de mayo de 2025, en el que di voz a mujeres que sí se sienten incluidas en el lenguaje genérico: “Mi trabajo no estará completo hasta que escuche también a aquellas otras personas que no se sienten representadas”, las que desean decir: «Aquí estoy, existo y merezco ser nombrada».

    Quizás la respuesta no esté en imponer una forma única de hablar, sino en desarrollar la sensibilidad para saber cuándo y cómo usar los múltiples recursos que nuestro idioma nos ofrece. Como dice Ruth Herrero: «Creo que debemos intentar que el lenguaje nos incluya a todos, pero sin convertirlo en algo artificial o difícil de entender. perfectamente utilizando los recursos que ya nos ofrece el propio idioma».

    Publicado el informe 21, el 6 de octubre de 2026

  • Es más cómodo, a corto plazo, decepcionarnos a nosotros mismos que decepcionar a otro. Imagen: Gemini Nano Banana.

    La frase me llegó a media página, sin aviso, como llegan las cosas que luego no te sueltan: «Lo medular no es ser coherente con la situación, sino ser coherente contigo mismo.» La escribe Francisco Pereira, abogado chileno especializado en negociación, en El método Negociar. La leí dos veces. La primera, como se lee un consejo ajeno. La segunda, como se lee un espejo.

    La coherencia como trampa

    Pereira lo llama el principio de la coherencia: “la mente te exige ser coherente con todo lo que has declarado, y no solo con las palabras”. No lo inventa él. Robert Cialdini ya lo documentó en Influence (1984): queremos ser —y parecer— coherentes con lo que hemos dicho o hecho antes, y esa necesidad se refuerza con los compromisos activos, públicos y escritos. Por su parte Morton Deutsch y Harold B. Gerard señalaron, en 1955, que el compromiso público ata más que el privado. Cialdini, incluso, midió que hacer que un paciente escribiera los datos de su propia cita redujo en 18 % las ausencias.

    Es el mismo gesto que empujaba a Ulises a pedir que lo ataran al mástil: sabía que su yo futuro, hipnotizado por el canto de las sirenas, no iba a ser de fiar. Así que se comprometió por adelantado con la versión de sí mismo que quería conservar, con el hombre que era antes de oír la música.

    El problema es que la mayoría no elegimos el mástil. Nos ata la costumbre. Nos ata el qué dirán. Nos ata la inercia de lo ya prometido, esa corriente mansa que no necesita sirenas para arrastrarte.

    Y ahí ya no hay canto que seduzca: solo alguien agotado, remando en la dirección que juró, aunque el rumbo hace tiempo que dejó de servirle.

    La diferencia entre Ulises y nosotros no es el valor. Es que él eligió sus propias cuerdas. 

    La traición silenciosa

    ¿Cuántas veces hemos seguido adelante con algo que ya no queríamos, solo para no causar decepción? ¿Cuántas, por no admitir, en voz alta, que nos equivocamos? Con un amigo o una amiga a quien ya le habíamos dado nuestra palabra. Con una pareja con la que habíamos emprendido un camino que, en algún punto del trayecto, dejó de ser el nuestro. Con esa tarea en el trabajo a la que dijimos que sí, en su momento, por quedar bien. Seguimos, no porque la situación nos convenza, sino porque ya nos comprometimos con ella. Preferimos ser coherentes con los demás antes que con lo nuestro. Es más cómodo, a corto plazo, decepcionarnos a nosotros mismos que decepcionar a otro.

    Y el precio lo pagamos en silencio, a plazos. Nos traicionamos para no traicionar a los demás. Dejamos de lado lo que queremos, lo que valoramos, para no romper una coherencia que, en algún momento del camino, dejó de pertenecernos y empezó a pertenecer a la imagen que los demás tienen de nosotros.

    Es un mecanismo natural, insiste Pereira. El cerebro busca que mente, palabras y acciones vayan alineadas, porque la incoherencia interna se siente, literalmente, como una amenaza. Natural, sí. Pero eso no lo hace inevitable.

    Dar marcha atrás

    Ser coherente con uno mismo empieza, casi siempre, por atreverse a ser incoherente con lo que ya no se es. Que una situación pueda reevaluarse cuando nos aparta de nuestros valores o de nuestros intereses, y que podamos dar marcha atrás sin que se nos caiga el mundo encima, parece obvio. Pero cuesta. Mucho más de lo que parece sobre el papel. Dar marcha atrás no es solo cambiar de dirección: es admitir que nos habíamos equivocado, o que sencillamente ya no somos los mismos, que hemos mudado en otra persona sin avisar a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.

    ¿Es eso debilidad, como nos han enseñado a creer, o es la forma más honesta de fortaleza que existe? Rectificar no es el gesto del que no tenía plan, sino del que se atreve a mirar el mapa cuando el paisaje ya no coincide con él.

    Ser coherente con uno mismo empieza, casi siempre, por atreverse a ser incoherente con lo que ya no se es. Imagen: Gemini Nano Banana

    Publicado en informe 21.com el 29 de septiembre de 2026

  • No es la IA la que se derrite: son las expectativas de quien la maneja las que se queman antes de tiempo. Imgen: IA Gemini Nano banana

    Once y cuarto de la noche del martes 8 de septiembre. Móvil pegado a la cara, me topo con un hilo en X que en pocas horas sumaría más de 90 millones de visualizaciones. Lo firma Jacob Coxon, 27 años, matemático de Cambridge, investigador de preentrenamiento en OpenAI —trabajó en GPT-4o— y luego en Anthropic. Acaba de dimitir, sin paños calientes: ninguna de las dos empresas actúa con responsabilidad; ambas corren hacia una superinteligencia que se mejora a sí misma, jugándose nuestra vida. Y remata: «creo que la IA podría matarnos a todos antes de que acabe la década».

    Horas después responde Evan Hubinger, jefe de Ciencia del Alineamiento de Anthropic, la empresa de la que Coxon acaba de salir dando un portazo: «Jacob tiene razón: de verdad creemos que la IA podría matar a todos los humanos». Y añade una cifra que suena a sirena: más de 10% de posibilidades en la próxima década. Ni Anthropic, admite, tiene aún un plan para resolverlo.

    ¿Apocalipsis o marketing del miedo?

    Aquí me pongo deliberadamente ambivalente. Cuando quienes entrenan estos modelos —no un tuitero cualquiera, sino la gente que les enseña a pensar— dicen que hay un riesgo real, algo hay que tomarse en serio. Pero llevamos años viendo a la industria vender miedo como relaciones públicas: cuanto más peligroso pareces, más poderoso pareces. Y mientras el debate se llena de superinteligencias, hay una matanza más chusca ocurriendo ya, en oficinas sin pretensión apocalíptica: la de empresarios a punto de cargarse sus propias empresas por creer que la IA puede hacerlo todo.

    Lo que de verdad se cargan no es la humanidad, es la nómina.

    Me he topado con empresarios que hablan de la IA como de un genio de la lámpara. Le piden que resuelva 80% del trabajo mecánico, que construya herramientas propias sin programar, que audite cuentas y redacte propuestas. Hasta ahí, bien. El problema llega cuando dan el salto de «puede ayudarme» a «puede sustituir a todo el que me estorbe». Ahí la IA deja de ser herramienta y se vuelve promesa esperpéntica: una empresa que se dirige sola, sin criterio de negocio, sin nadie que entienda cuánto vale lo que se automatiza.

    El caso de Meta es el más citado. A comienzos de 2026 recortó 10% de su plantilla alegando, entre líneas, que la IA cubriría el hueco. Cuatro meses después, Zuckerberg admitió que esa aceleración no había llegado, con 145.000 millones de dólares en infraestructura ya proyectados. Si a Meta le costó calibrar la expectativa, imagínense a la pyme que decide que ya no necesita a su contable. Los números lo confirman: nueve de cada diez empresas ya exploran la IA, pero solo 26% pasa del piloto a producción y apenas 10% extrae de ahí valor concreto. Un estudio de Endeavor, con Oracle y Acid Labs, coincide: 88% dice haber incorporado IA en algún proceso, según McKinsey, pero solo 20% captura su verdadero valor. La diferencia no está en la tecnología, sino en el criterio de quien la usa.

    Lo que la IA no debería tocar

    Hay una línea roja que varios especialistas repiten como mantra: la IA puede sugerir, proponer, ejecutar tareas mecánicas de principio a fin, pero no debería mover dinero por su cuenta. Otto Vidal, CEO de Lidera Digital, y Giancarlo Corzo, CTO de Inversiones IO, lo explican sin rodeos: un agente puede malinterpretar una instrucción o inventarse información y actuar como si fuera cierta; si tiene permiso para pagar, el error deja de ser un fallo técnico y se vuelve pérdida real, casi siempre sin marcha atrás. La regla es de sentido común: 10% inicial —saber qué pedirle— y 10% final —revisar lo hecho— siguen siendo trabajo humano. El 80% de en medio sí se le puede delegar sin remordimientos.

    Ícaro con API key

    Se me viene a la cabeza Ícaro, volando hacia el sol con alas que no eran suyas. No es la IA la que se derrite: son las expectativas de quien la maneja las que se queman antes de tiempo. Como Lex Luthor, convencido de que basta con ser el más listo de la sala para controlarlo todo, sin contar con que la inteligencia sin criterio tropieza igual que la ambición sin límites.

    ¿Va a acabar la IA con nosotros, como teme un investigador de 27 años que acaba de dejar dos de las empresas más punteras del planeta? No lo sé, y sospecho que tampoco él del todo, más allá de esa cifra convertida en titular. Lo que sí sé es que hay empresarios que van a acabar con la mayoría de sus plantillas —y puede que con sus propias empresas— mucho antes de que ninguna superinteligencia tenga ocasión de intentarlo.

    O quizás el verdadero riesgo existencial no esté en el laboratorio, sino en las salas de reuniones de algunas empresas.

    Publicado en Informe21.com el 20 de septiembre de 2026

  • Imagen generada con Inteligencia Artificial

    No le gusta llamar la atención. Prefiere pasar desapercibida, pero no lo consigue. Es alta, morena y atractiva. Tiene talento. Pocos saben quién es, pero yo he tenido acceso a ella. Afónica por uno de esos catarros tan propios de esta época, se presenta como “M”.

    Vive en una ciudad de provincias en España. Licenciada en Comunicación Audiovisual, con un máster en Patrimonio y Comunicación y un doctorado en curso, combina la docencia universitaria, la redacción en un medio impreso, el diseño gráfico y los “Crímenes con M”.

    Un crimen para dormir

    Para quien aún no lo conozca, ¿qué es “Crímenes con M”?

    Crímenes con M es un podcast en el que se cuentan crímenes y asesinatos cometidos en España, pero siempre desde la perspectiva de la investigación. Me interesa sobre todo cómo se resuelven los casos, cómo llegan a pillar al malo y qué ocurre después en los tribunales: juicios, condenas, testimonios y estrategias de los abogados. Cada crimen es distinto: si ha tenido un juicio muy mediático y hay mucha información, me centro más en esa parte; si el juicio ha sido más sencillo, me fijo en otros aspectos, pero la investigación siempre está presente.

    ¿En qué se diferencia “Crímenes con M” de otros podcasts de “true

    crime”?

    En que lo hago a mi manera. Todo empezó porque consumo muchos podcasts de este tipo para dormirme; para mí son “como una nana”. El problema es que no los creaban al ritmo que yo los devoraba, y además hay pocos que realmente consigan relajarme mientras escucho una historia: si me duermo, bien; y si no, al menos estoy entretenida. Nunca he tenido mucha cultura de radio —en casa siempre estaba puesta y ese murmullo me ponía nerviosa—, pero cuando conecto con la voz del locutor, con su forma de narrar y con el trabajo que hay detrás, me engancho. En cambio, los formatos de tertulia, donde varias personas comentan un crimen, no me gustan; prefiero que me lo cuenten como un cuento. Así que tomé como referencia a mis dos podcasters favoritas y traté de hacer algo similar a

    ellas, pero a mi manera.

    ¿Por qué el “true crime” causa tanta fascinación?

    Por lo mismo que cuando hay varios coches de policía y un jaleo en la calle: hay quien pasa de largo, pero muchísima gente se detiene a mirar porque quiere saber qué ha pasado, por qué y quiénes son los protagonistas.

    A mí siempre me ha llamado la atención todo eso. Para que te hagas una idea, cuando La Sexta estrenó el programa “Crímenes imperfectos”, yo estaba en primero de carrera y me llegaba a saltar clases para verlo; me parece un formato buenísimo. También he visto todas las temporadas de CSI y las tenía en DVD. Me encanta la investigación, y creo que a mucha

    gente le pasa igual: todos llevamos un pequeño investigador dentro que quiere saber quién ha muerto, quién lo ha matado y por qué. Además, entra en juego la psicología, ese intento de comprender qué se esconde en la cabeza de quien comete semejantes atrocidades.

    ¿Qué te llevó a crear “Crímenes con M”?

    Además de que me encantan los “true crime”, llevo una comunicadora dentro. El podcast me permite hacer algo que me gusta sin que se sepa quién soy. Mi sueño sería hacer un programa como el de Carles Porta, con un equipo de producción e investigación que rastrea cada caso, visita los lugares y reconstruye la historia con todo detalle, pero ni soy Carles Porta ni me ha contratado Movistar Plus. Así que, con mis medios y lo que tengo a mano, esto es lo máximo que puedo hacer en el mundo de la divulgación del crimen. Sobre todo, quiero que la gente esté entretenida y que tenga su “dosis” de podcast de “true crime”.

    ¿Por qué has decidido mantener el anonimato y no revelar tu identidad?

    Principalmente por vergüenza. Siempre he sido una persona a la que no le gusta ser el centro de atención. Nunca me ha gustado ocupar el foco. También hay algo de miedo al fracaso: si algo sale mal o cometo errores, casi prefiero que no se sepa quién soy. Y si pasara lo contrario y llegara el éxito, tampoco me apetecerían las palmaditas en la espalda. Soy una rancia.

    ¿Qué casos son los que más te han impresionado o conmovido?

    Los que más me impresionan suelen ser aquellos en los que la investigación da un giro radical gracias a la ciencia. Por ejemplo, el caso de Eva Blanco, en el que 18 años después se descubrió quién era el asesino porque la tecnología y las pruebas de ADN habían avanzado. Me fascinan las investigaciones brutales, como la del caso de la agente de la Guardia Urbana: lo tenían todo atado para no ser descubiertos, pero siempre hay detalles que se escapan y a los que los investigadores saben agarrarse para conseguir inculpar a un criminal y meterlo en la cárcel, incluso aunque nadie confiese. Los que más me conmueven, en cambio, son siempre los que involucran a niños. Son criaturas inocentes que no merecen pagar con su vida las chaladuras de los adultos.

    Tras la entrevista “M” se aleja. No, no pasa desapercibida. Protege su sensibilidad intensa con una coraza de ironía, y el anonimato con cada episodio que presenta cada martes a las 13:30 h (hora peninsular española) en las plataformas Ivoox, Amazon Music, Spotify y Apple Podcasts.

    Quizás, algún día se deje ver.

    Publicado en Informe21 el 20 de enero de 2026

  • Imagen generada con IA

    El sábado 3 de enero, a las 11:45 de la mañana, hora peninsular española, me despierta el repartidor de Amazon con una entrega que, en teoría, debía llegar varios días después. (¡Qué manía con hacer entregas fuera de aviso!). Todavía estoy medio dormido después de la cena de la noche anterior y de una pastilla antihistamínica cuyo efecto somnífero ya advertía el prospecto. 

    Enciendo el móvil y, ahora sí, mi mente sale del letargo de golpe. Mensaje de WhatsApp: “Buenos días, guapetón. Estoy escuchando la radio sobre lo de Venezuela”. El siguiente es más explícito: “Me acaban de escribir que han bombardeado Caracas. No sé si tu familia está allí exactamente (espero que no)... Espero que estén bien… Me parece terrible”. 

    Veo los vídeos en Instagram que muestran los bombardeos en distintos lugares del país. “Marico, llegaron los gringos”, o expresiones parecidas de asombro e incredulidad, se escuchan de fondo. Me imagino que, para quienes no están acostumbrados a la guerra, ver esos enormes helicópteros de Estados Unidos sobrevolando la ciudad debe de ser algo parecido a ver, de repente, naves extraterrestres cruzando el cielo. 

    Paso el día saltando entre distintas fuentes de información, pero con la vista clavada, sobre todo, en la emisión especial del canal 24 horas de RTVE. 

    Ya entrada la madrugada en España, llega también la confirmación que tanto tiempo llevaba esperando: Nicolás Maduro ha sido capturado. 

    Al momento de escribir estas líneas, mientras el Consejo de Seguridad se reúne para debatir la situación en Venezuela, es difícil no tener una postura ambigua ante todo lo que está pasando. Era necesario que Nicolás Maduro saliera del poder tras años de supuestas violaciones a los derechos humanos, de favorecer el crimen organizado, de contribuir a la destrucción económica del país y de usurparle el poder a Edmundo González Urrutia, quien legítimamente habría ganado las elecciones presidenciales del 28 de julio del 2024. Lo que tanto deseaba se había cumplido:ver la imagen de Maduro custodiado y esposado.​

    Del régimen de Maduro al imperialismo de Trump

    Pero todo esto se ha logrado de una forma tan ilegítima como peligrosa: un país, una potencia mundial que se ha presentado históricamente como defensora de la democracia, se habría saltado a su propio Congreso y a la Organización de las Naciones Unidas para actuar militar y unilateralmente contra otro país. Otra muestra del mundo en el que vivimos, donde manda la ley del más fuerte y no la razón, el diálogo, la justicia ni el buen funcionamiento de las instituciones internacionales.​

    A partir de este antecedente, Donald Trump podrá seguir haciendo lo que quiera sin demasiada oposición. Podría, incluso, adueñarse de Groenlandia. Y otros países, como Rusia, podrán seguir justificando sus acciones en Ucrania, o Israel en Gaza. El argumento de la seguridad nacional o de los “derechos históricos” siempre están disponibles. ¿De verdad hay tanta diferencia con lo que en su día argumentaban los países del Eje durante la Segunda Guerra Mundial? 

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    Imagen generada con IA

    “We are going to run the country”, aseguró Donald Trump en relación con Venezuela. Y sobre María Corina Machado: “es una persona encantadora, pero no tiene el respaldo de la población”. Por ahora, no tenemos más que suposiciones y no queda otra que elucubrar. Los más optimistas —y aquí me quiero incluir— pensamos que Estados Unidos dejará (y presionará) a Delcy Rodríguez, hoy presidenta encargada de Venezuela, para que conduzca una transición que lleve a unas elecciones democráticas. Puede ser. Eso deseo.

    ​Pero, ¿qué le queda al resto del mundo? Tal vez sea hora de admitir que ya no existen normas y que el sueño de hacer del deporte y del comercio vías pacíficas para resolver las diferencias se ha quedado en una utopía.

    Publicado en Informe21 el 6 de enero de 2026

  • Donde el Tajo se pierde en su inmensidad y el puente Vasco da Gama domina el paisaje con su majestuosa estampa, caigo en las contradicciones de una Europa a veces ilusionante y otras, ingenua.​

    Lisboa exhibe con orgullo sus tranvías pintorescos, símbolo de una ciudad que combina tradición y modernidad. Su estructura urbana parece tambalearse, pero se adapta perfectamente a la integración de cámaras de seguridad y lectores de tarjetas de transporte, como si fuera una mimética fusión entre lo antiguo y lo contemporáneo.​

    La ciudad sabe lo que tiene y cobra por ello: ya no es la ciudad de los precios bajos. Hoy, sus costes turísticos son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. El lisboeta medio, con un salario mínimo inferior al de España, puede verse cada vez más excluido de las atracciones turísticas y experiencias gastronómicas locales. En realidad, cualquier trabajador del sur de Europa se va quedando al margen de capitales que apuntan al lujo de los turistas, aquellos que sí pueden permitírselo.​

    El proyecto europeo fue ilusionante: un continente unido, pacifista, próspero y centrado en el comercio. Pero la realidad parece indicar que Europa se queda atrás frente a una China ambiciosa, a un Estados Unidos autoritario y a una Rusia expansionista. Europa aparece desnuda, rezagada, cada vez más dependiente de la defensa de su socio americano y sin ejércitos propios.​

    Los costes turísticos de Lisboa son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. Foto: MRA
    Los costes turísticos de Lisboa son equivalentes a los de Madrid, e incluso superiores en algunos aspectos. Foto: MRA

    Es 10 de junio, Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas. El tráfico se corta en Lisboa para dejar paso a las comparsas que se apoderan de la Rúa Augusta. El ambiente es alegre y colorido. Sin embargo, desde la pandemia siento que el bienestar que aún disfrutamos tiene los días contados. Vivo esta frágil tranquilidad con la conciencia de que es una burbuja que tarde o temprano estallará. Las desigualdades crecen, nuestra capacidad de reacción ante China es mínima y el espíritu reivindicativo parece ausente en una juventud que, en su memoria más profunda, carga con los horrores de la guerra de las generaciones anteriores y que no está dispuesta a revivirlos.

    Publicado el Informe21 al 15 de diciembre de 2025

  • Foto de: Máximo Rondón Aguirre

    Yajaira Ángulo Reinoza llegó a Europa en 2019 con un destino en mente: Madrid, y un solo plan: trabajar “en lo que salga, siempre que fuese honrado”. Sin embargo, un giro del destino le cerró la puerta del alojamiento en la capital y la desvió hacia Burgos, donde un amigo podía recibirla. Lo que empezó como una solución práctica se convirtió pronto en conexión íntima. Burgos, con sus montañas alrededor, su vegetación y su ritmo reservado y silencioso, le recordó a Mérida, su ciudad natal en los Andes venezolanos.

    El deseo de “echar raíz” es el centro de su relato y la clave que explica el nacimiento de Petricor, la cafetería-librería que, “con olor a tierra mojada” abrió Yajaira Ángulo Reinoza en el Paseo Regino Sainz de la Maza, bajo 4, 09004, Burgos, España. Lo hizo porque “quien no arraiga en el lugar que lo acoge no prosperará, igual que un árbol que no termina de afianzarse en la tierra”. Echar raíces, dice, implica crear sueños, intenciones e ilusiones en el nuevo territorio, y su cafetería-librería es la materialización concreta de ese propósito.

    La idea venía de lejos, inspirada por un cafélibrería de Mérida que le había demostrado que libros y café pueden convivir como un mismo gesto de hospitalidad. En Burgos, a esa combinación le añadió “un poco de arte”, apoyándose en su experiencia teatral, en una red de amistades y en una pareja que la han ido sosteniendo en la aventura de emprender sin ayudas oficiales, con sus ahorros y mucho “trabajo de hormiga”.

    La librera que aprendió a leer de nuevo

    Antes de levantar Petricor, su primer anclaje con la ciudad fue el carnet de biblioteca pública: los libros, dice, la han salvado siempre y la acompañan dondequiera que va. Más tarde, trabajar en una librería en la centenaria librería burgalesa “Música y Deportes” fue para ella una experiencia confrontativa”, porque “no es lo mismo crecer leyendo literatura sudamericana que adentrarse en los clásicos y en los ritmos narrativos europeos”.

    Ese encuentro con autores de los siglos XVIII y XIX reforzó en Yajaira una intuición: “la naturaleza humana permanece, cambia el contexto, pero no el impulso de perseverar y de cambiar el propio destino”. Yajaira cita, por ejemplo, la lectura de una novela victoriana donde una mujer decide transformar su vida trazando un plan concreto, y ve ahí un espejo del mismo deseo contemporáneo de tomar las riendas y no resignarse.

    Libros vividos y citas a ciegas

    En las estanterías de Petricor conviven libros nuevos con lo que ella llama “libros vividos”: ejemplares donados que priorizan filosofía, narrativa, ensayo y clásicos a precios asequibles. Yajaira piensa especialmente en estudiantes o en personas que, como ella cuando llegó a Burgos, que quizá no pueden pagar veinte euros por un libro, pero sí cinco, y así acceder a buenas lecturas.

    Escoger un libro, asegura, se parece mucho a tener una cita. Se abre, se hojea, se leen unas páginas y el lector decide si habrá un segundo encuentro, o si es mejor no volver a verse. No habla de libros buenos o malos en términos absolutos, porque “el arte es subjetivo”, pero sí defiende que hay obras con más o menos calidad literaria.

    Un espacio sin algoritmos

    Una de las ideas más claras de Yajaira es la necesidad de recuperar la experiencia humana frente a la lógica algorítmica que domina la recomendación de contenidos. Sabe que si un lector indica que le gusta, por ejemplo, cierta novela romántica o gótica, el algoritmo insistirá una y otra vez con títulos similares, estrechando el horizonte de lo posible.

    En Petricor, en cambio, quiere defender el azar y la curiosidad: que una portada, un título inesperado o un libro que no se venía buscando provoquen un encuentro nuevo. Para ello organiza clubes de lectura y dos eventos fijos al mes: una “fiesta literaria”, donde las personas intercambian libros envueltos como regalos y conversan sobre ellos, y una “fiesta de lectura”, en la que se lee en silencio en compañía y luego se abre una tertulia improvisada. Parte de estas actividades son reseñadas en su cuenta en Instagram.

    Café, tertulia y desobediencia al miedo

    El proyecto no ha estado exento de obstáculos, pero el mayor, confiesa, no ha sido económico, sino emocional: lidiar con el miedo ajeno, con quienes le repetían que abrir un espacio así en Burgos era una locura. Durante los primeros meses se descubrió a sí misma tranquilizando a los demás y asegurando que todo iría bien, aun cuando ella misma no tenía claro el “cómo”.

    Hoy, con Petricor en pie, recuerda maravillada a los clientes más jóvenes que se acercan preguntando por Chéjov o por los clásicos. Eso, la reconforta, y se da cuenta de que todo va bien, que el camino, pese a las dificultades, merece la pena.

    La tecnología como secretario, no como oráculo

    La inteligencia artificial forma parte de su día a día, pero en un rol muy definido: la IA es “su secretario”. Insiste en que la que crea es ella, mientras que la herramienta se limita a abreviar, dar forma o sugerir estructuras a partir de lo que ya ha pensado. Su único temor no es a la tecnología, sino a que las personas se deshumanicen tanto que olviden que siguen siendo ellas quienes mandan y las máquinas las que obedecen.

    Echar raíces sin perderse

    La metáfora que Yajaira utiliza para hablar de sí misma condensa toda su filosofía: un campo de girasoles y, en medio, una sola amapola. “La amapola siempre será una amapola, incluso rodeada de otras flores, pero para crecer necesita echar raíces en ese campo ajeno”. Así entiende su vida: venezolana de esencia, burgalesa de hogar, convencida de que abrazar con amor la cultura que recibe no borra el origen, sino que le ofrece el contexto necesario para prosperar.

    Publicado en Informe21 el 9 de diciembre de 2025

  • Imagen generada con IA

    Estas líneas han sido escritas con ayuda de una inteligencia artificial. Y ya imagino a los puristas frunciendo el ceño. Pero antes de que empiece el linchamiento, pregunto a viva voz: ¿la inteligencia artificial es realmente tan diferente a cualquier otra herramienta que hemos adoptado a lo largo de la historia?

    Hubo un tiempo en el que la escritura solo se concebía con pluma y tinta. ¿Desdeñamos en su día por a las ruidosas máquinas de escribir y luego el ordenador? Dentro de unos años la inteligencia artificial será tan común que la polémica actual nos parecerá absurda.

    Sin embargo, hay quienes ven a la IA como una amenaza, un golpe a la creatividad. Dicen que nos convierte en meros operadores de comandos. Pero, ¿qué es la creatividad sino un diálogo con lo que nos rodea? ¿No hemos construido siempre nuestras ideas sobre los cimientos de otros? 

    La frontera entre lo humano y lo tecnológico es difusa. Nos encontramos en un territorio inexplorado, donde la clave no es solo lo que la IA puede generar, sino las preguntas que le hacemos. Porque, como dijo algún iluminado (o iluminada, no lo recuerdo), las buenas preguntas valen más que las respuestas. Y si nuestras preguntas son pobres, el resultado será mediocre.

    Pero aquí surge la verdadera cuestión: ¿soy yo quien usa la inteligencia artificial, o es ella quien me usa a mí? ¿Soy el creador que la moldea con mi visión, o me estoy dejando devorar por su lógica impersonal? Me aprovecho de su potencia, sí, pero… ¿no será ella la que, poco a poco, nos consume a todos, como Saturno devora a sus hijos en la aterradora imagen goyesca?

    Hay algo inquietante en el resultado. La IA puede producir textos técnicamente impecables, estructurados, lógicos. Pero… les falta algo. No hay alma. No hay duda ni contradicción. No hay alma.

    ¿Podrá la inteligencia artificial llegar al punto de conectar con las emociones más profundas del lector? ¿O siempre será un reflejo vacío, un eco sin esencia? Quizás la verdadera pregunta no es si debemos usarla o no, sino cómo evitar que nos convierta en meros repetidores de su fría eficiencia.

    Al final, la escritura no es solo palabras en un papel (o en una pantalla). Es el eco de una voz que quiere decir algo único. Y por ahora, por más brillante que sea su ejecución, la inteligencia artificial sigue sin tener una voz propia.

    O quizás… solo está esperando que bajemos la guardia.

    Publicado en Informe21 el 26 de marzo de 2025

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    Los amantes de las historietas están de enhorabuena, porque una de sus mayores fantasías se ha hecho realidad: estamos viviendo dentro de un cómic.

    La similitud entre Elon Musk y Lex Luthor se hace evidente: ambos son genios, multimillonarios, excéntricos, extravagantes y bastante «chuscos». Y no lo pasemos por alto: increíblemente poderosos.

    No vamos a atribuir a Musk la maldad y el desenfreno de Luthor (de momento). Pero, en todo caso, tenemos en la Casa Blanca a un hombre (o a un niño grande con muchos juguetes, entre los que se incluyen cohetes, robots y coches autónomos) con muchas ganas de divertirse, y que ha encontrado un padrino dispuesto a consentir, por ahora, todos sus deseos. El problema es que ese padrino es el presidente de una de las naciones más poderosas del mundo, rodeado de una corte de amigos y compadres que parecen cortados por el mismo patrón. Me los imagino a todos reunidos en la Oficina Oval, comiendo pizza, riendo y manejando el mundo como si fuese un juego de mesa. Podría ser divertido y cinematográfico. Pero está más cercano a lo esperpéntico y es el mejor ejemplo de la decadencia de una primera potencia mundial. Podría dar miedo o, por el contrario, podríamos sentirnos privilegiados de vivir en una época en la que somos testigos de cómo la geopolítica se reordena, surgen nuevos imperios y el otrora faro de la democracia, la nación personificada por el Capitán América o por Superman, se va hundiendo.

    Ahora bien: si tenemos una suerte de Lex Luthor, me pregunto si también existe su contraparte, ese ser poderoso y justiciero dispuesto a salvarnos. O esa Mujer Maravilla capaz de atar con su lazo dorado a los villanos. Y es aquí donde llega la desolación. Porque, sí, estamos bastante solos. Ni la ONU, la OEA, el Vaticano, la Unión Europea (ni, por supuesto, los Estados Unidos) sirven para contener los atropellos de Israel, los abusos de Nicolás Maduro, las canalladas de Vladímir Putin, los conflictos en Sudán, Etiopía, el Sahel o el Congo; el narcotráfico desbordado en México…

    Cuando era niño, veía a los Estados Unidos como la nación que mejor representaba los más altos ideales de prosperidad, libertad y honor. Mi madre me dijo un día: “Estados Unidos se ve a sí mismo como Camelot”, en alusión a la ciudad artúrica. Pero hoy, aparte de que han pasado suficientes años para que se despejara mi idealismo, América ya no es lo que era. Y Europa, en su afán de presentar una alternativa pacifista, ecológica, democrática y unionista, se muestra burocrática, lenta, vieja e ingenua, y se va quedando atrás ante la avasallante China.

    En este cómic en el que vivimos, los villanos se han vuelto reales. Pero no hay héroes. Superman no surca los cielos. Y Batman no responde a la señal luminosa durante las noches más oscuras de los tiempos que corren.

    Publicado en Informe21 el 2 de abril de 202

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    Se ha debatido ampliamente sobre la pertinencia del lenguaje soez o profano en la literatura. Existe un consenso generalizado en que no resulta inapropiado, siempre que contribuya a enriquecer el discurso narrativo.

    En 1983, el plató del programa Su Turno, de Televisión Española, reunió a la poeta Gloria Fuertes y al novelista y académico Camilo José Cela, y en una conversación informal y amistosa hablaban, entre otras cosas, del uso aceptable de la palabra “coño” y de su inclusión en el diccionario de la Real Academia Española. Cela advirtió que el empleo de tacos debe abordarse con precaución y mesura, ya que puede fácilmente derivar en vulgaridad. Sin embargo, ambos coincidieron en que una palabrota bien colocada puede añadir brillo y expresividad al lenguaje, incluso en la poesía.

    El crítico teatral británico Kenneth Tynan es conocido por haber sido la primera persona en pronunciar deliberadamente la palabra “fuck” durante una transmisión televisiva en directo en 1965, en referencia a una relación sexual. Este gesto generó una gran controversia en su momento.

    Por otro lado, a Mark Twain se le atribuye el siguiente razonamiento: «La idea de que ningún caballero dice palabrotas está completamente equivocada. Puede maldecir y seguir siendo un caballero, si lo hace de manera agradable, benévola y afectuosa”.

    Parece haber consenso en que el uso moderado y pertinente de palabrotas puede ser aceptable e incluso enriquecer el discurso literario. Sin embargo, cabe preguntarse qué ocurre cuando se abusa del lenguaje profano, incluso cuando proviene de personalidades de reconocido talento, trayectoria y prestigio.

    Un domingo, mientras desayunaba en mi bar favorito, provisto de pincho de tortilla, café cortado y revista dominical en mano, me topé con un titular en la columna Arturo Pérez-Reverte que casi provoca que me atragante: “Tutee usted a su puta madre”. ¿Era realmente necesario un título tan vulgar? ¿No tiene un miembro de la Real Academia formas más elegantes de expresar su indignación por el deterioro de las formas sociales, a las que hace referencia en su artículo? En el artículo, el autor critica a un ministro de Justicia por tutear a jueces durante un acto oficial, considerándolo una falta de respeto y de protocolo.

    Más allá de la postura de Pérez-Reverte, me pregunto si semejante titular está justificado. ¿Puede permitírsela, amparado en su prestigiosa trayectoria literaria e intelectual?

    Algunos hombres de letras sostienen que su estatus y edad les permiten expresarse con libertad, sin más censura que la de su propia conciencia. Es importante -urgente diría- escuchar las perspectivas de estos individuos, dada su profundidad intelectual, sus valores y su experiencia. Sin embargo, el barriobajismo literario queda fuera de lugar, y  no debe ser refugio de la grosería disfrazada de autenticidad.

    Publicado en Informe21 el 9 de abril de 2025