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    “Ya tú eres producto nacional”, sentenció mi amiga Sara, queriendo decir que mi integración a la sociedad burgalesa era completa.

    Me sentí orgulloso tras 14 años de haber emigrado desde Venezuela a Burgos, la tierra de mi madre y mis abuelos. Me sentía —y me sigo sintiendo— cómodo en estas tierras, cuyas gentes tienen fama de secas y distantes. Menos expresivas y emocionales que los latinoamericanos, seguro. Pero esa forma directa, franca, y esa tendencia a darse tiempo para conocer a la gente antes de entregar la confianza y un abrazo, me gusta. En las relaciones parecen valorar la coherencia antes que la expresión de afectos vacíos que solo queda en palabras.

    Sin embargo, con el paso de los días recordé algo que es obvio: por más integrado, aceptado y a gusto que esté con la cultura burgalesa, mi lugar de nacimiento y crianza fue Venezuela. También me di cuenta de que en Burgos existe una concepción parcial de la venezolanidad que, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, lleva a ver a Venezuela como un país del tercer mundo, profundamente atrasado y en manos de alguien como Nicolás Maduro. Pero Venezuela ha sido y es mucho más que eso.

    No me gusta quedarme en el pasado, en esa época dorada de la Venezuela saudita, cuando era el faro de la democracia en América Latina y un ejemplo de progreso económico y social en todo el mundo. Así que prefiero quedarme en el presente, en el que la diáspora venezolana no solo está conformada por excluidos del sistema y personas con pocos recursos económicos y escasa formación. También están todos esos profesionales, emprendedores, intelectuales, hombres y mujeres luchadores que, con su patria en el corazón, dan ejemplo en todo el mundo de nuestra capacidad de reinvención, ingenio, buen humor y alegría de vivir.

    Estas líneas no son para excluir a los desheredados del petróleo venezolano, a los abandonados de la clase democrática venezolana y luego traicionados por el régimen de Chávez. Estas líneas son para integrarlos a ellos, y también a aquellos que parecemos diferentes, pero que venimos de una misma tierra.

    Así pues, me asumo parte de esta tierra de Burgos que me ha recibido y abierto sus puertas con generosidad. Pero también reivindico ser parte del país en que nació mi padre, en el que crecí y me formé junto a mis hermanos. El mismo que, a mediados del siglo XX, acogió a mis abuelos cuando dejaban Burgos durante la posguerra y en el que convivieron armoniosamente criollos junto a libaneses, italianos, portugueses, españoles, católicos, judíos y musulmanes.

    Sí, Burgos es mi hogar, y Venezuela un pasado con el que he roto. Pero no dejo de ser venezolano. Yo, también soy Venezuela.

    Publicado en Informe21 el 21 de mayo de 2025

  • Me considero feminista, o «persona que promueve la igualdad de género y lucha contra la discriminación y las desigualdades que afectan a las mujeres». Apuesto por la «eliminación de las barreras sociales, económicas, políticas y culturales que impiden que las mujeres tengan los mismos derechos y libertades que los hombres». Algo que he ido comprendiendo es que, cuando hablamos de feminismo, hay que dejar claro qué entendemos como tal y qué corriente de este movimiento se defiende. Sirva esta aclaración como marco de las líneas que siguen. Porque hay una reivindicación que no termino de comprender: el uso del lenguaje inclusivo. Mi tesis es que el lenguaje genérico ya incluye a todas las personas. Así lo percibo como hombre, ¿pero cómo lo perciben las mujeres?

    A lo largo de los últimos siete años he ido realizando mi propia encuesta, y la gran mayoría de mujeres con las que he hablado han admitido que ya se sienten incluidas sin necesidad de modificar el lenguaje. En todo caso, me asegura la educadora social Silvia Mazo Gigante, que se ha acostumbrado a utilizar el lenguaje inclusivo más por un hábito adquirido durante sus estudios universitarios que por otra razón.

    Conversé con la psicóloga Xiomara Rondón: «El lenguaje inclusivo puede tener una buena intención para hacer visible la igualdad, pero personalmente no considero que sea algo esencial para sentirme incluida. El lenguaje tradicional puede seguir siendo útil y no necesariamente excluyente, siempre y cuando existan respeto y equidad». Rondón va más allá: «Las mujeres no necesitamos que nos llamen de cierta manera para saber que valemos y que tenemos un lugar (…) el verdadero empoderamiento viene de nuestras acciones, de lo que somos capaces de lograr. A veces el problema no está en las palabras, sino en cómo nos percibimos a nosotras mismas y el lugar que creemos tener en la sociedad”

    Por su parte, la escritora y doctoranda en Filología Inglesa Silvia Escobedo, quizás por “deformación profesional o por sentido común», se mantiene fiel a la idea de la «economía del lenguaje» y asegura no haberse sentido nunca excluida con el uso de un español «que es masculino y que ya nos incluye a todos y a todas». Dice que lo único que la excluiría sería recibir un salario menor por desempeñar el mismo trabajo que un hombre.

    Claro está que no he llegado a preguntar a todas las mujeres de España, por lo que estoy seguro de que más de una no estará de acuerdo con que el lenguaje inclusivo sea algo accesorio. Pero, al día de hoy, en mi entorno no encuentro a ninguna mujer que lo defienda. Prometo continuar mi investigación.

    Aún hay mucho machismo, en una época en la que las mujeres están mejor preparadas, se esfuerzan más que los hombres, están presentes de forma significativa en la mayoría de las facultades universitarias y se desenvuelven con sobrados méritos que las acreditan para alcanzar los puestos más altos de cualquier institución pública o privada. Que sigan -y triunfen- las reivindicaciones feministas. Y que para ello, no pierda el norte.

    Publicado en Informe21 el 28 de mayo de 2025

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    Releer Las memorias de Mamá Blanca, de la insigne escritora venezolana Teresa de la Parra, me llevó a una conclusión incómoda: no me gusta cómo escribo. Cómo puede haber tanta belleza, delicadeza y frescura en una obra que, con tanta facilidad y sin carecer de idealización, nos transporta a la Venezuela de principios del siglo XX. Aquella sociedad rural y pacata, demasiado conservadora para una Teresa nacida en París, pero suficientemente idílica como para sembrar en su alma los recuerdos más tiernos.

    Al reflexionar sobre mis propios escritos, me llenan de pudor las opiniones que salpican cada línea. Me siento como si vociferara ideas que responden más a un momento emocional concreto que a la racionalidad de los datos. Es como una conversación de bar, donde un grupo de colegas habla de todo sin escrúpulos, sin aportar soluciones ni conocimiento profundo. Lo que está bien para compartir unas cervezas, pero no para exponer en una tribuna pública tan saturada de ruido e inconsistencias intelectuales.

    Sin embargo, lectores generosos y a veces indulgentes me interpelan y preguntan sobre mi silencio de estos meses: “¿Vas a volver a escribir? ¿Lo has dejado? ¿Has escrito algo y no nos lo has enviado?”. Explico mis razones y me animan a volver. Me recuerdan que no debo imitar a otros, que debo tener mi propio estilo, y que escribir sobre mis opiniones es algo legítimo. En mi mente, la voz impertinente de “no eres suficiente” y la odiosa comparación con quienes han hecho del ejercicio de la pluma una necesidad del alma, no un simple divertimento, no cesan de insistir. Pero reconozco que las razones de quienes me animan son tan válidas como mis pudores. Por eso, me abro a una nueva temporada de escritos sobre los más diversos temas, cotidianos, inspiraciones que surgen de la conversación con amigos y compañeros, en el tránsito del día a día.

    Nunca alcanzaré a Teresa de la Parra, ni su talento, sensibilidad, cultura ni temperamento. Pero sí puedo reconocerme en su modestia e inseguridad, como reflejan sus cartas al editor colombiano y amigo Carlos García Prada en 1932, donde confesaba un “lirismo innecesario” y una “musicalidad forzada” en las páginas de Ifigenia. A veces, ella tampoco se reconocía y se cuestionaba si su estilo era auténtico o producto de una época. Ni yo me reconozco en mis líneas. Quizás llegue a encontrarme, sin embargo, en el ejercicio de la palabra espontánea, honesta a veces y torpe otras.

    Publicado en Informe21 el 4 de diciembre de 2025