• Imagen generada con IA

    Durante un paseo por mis espacios cotidianos, me encontré con una pintada que decía: «Volver a creer que la revolución es posible”. La frase me interpeló a lo largo de todo el recorrido.

    ¿A qué revolución se refiere? ¿A una que nunca llegó a consumarse? ¿Es eso lo que hace falta? ¿Quiero yo un cambio radical en las estructuras? Con el paso de los días, dejé que la idea madurara. No sé cuál era la intención de quien escribió esa pintada. Tal vez buscaba conectar con un pasado que hoy puede parecer romántico, un tiempo en el que los ideales

    movían a las personas a luchar y sacrificarse. Tanto izquierdas como derechas han defendido sus idearios, en ocasiones cometiendo barbaridades. En otros casos, esos ideales fueron traicionados, y hoy solo llenan panfletos vacíos usados para justificar dictaduras.

    Me pregunto si alguien en el primer mundo realmente desearía una revolución. En países como España, donde resido y estamos rodeados de comodidades —y si tenemos trabajo—, nuestras decisiones más trascendentes suelen ser qué comprar en Amazon, qué plataforma de streaming contratar o dónde pasar las vacaciones.

    He escuchado a personas decir que, durante la pandemia del coronavirus, llegaron a desear que todo se fuese al garete e iniciar así un nuevo tiempo.

    Y me pregunto: ¿qué incomoda tanto a algunas personas como para querer derribar un sistema que, aunque imperfecto, contradictorio e hipócrita, nos brinda libertad, condiciones de vida dignas, y acceso al conocimiento y la tecnología? Un sistema en el que puedo decidir, dentro de mis posibilidades, cómo pensar y sentir, incluso a riesgo de equivocarme.

    Aun así, claro que quiero un cambio. Pero no una revolución. Lo que quiero es volver a creer en la democracia.

    Creer que el dinero no lo es todo.

    Que importan la dignidad y la ética.

    Que quienes nos representan están al servicio de las mayorías; que son personas capaces de generar esperanza, de gestionar situaciones adversas, y de rodearse de los mejores.

    Quiero que el debate político vuelva a ser un espacio de respeto, negociación y consenso.

    Que la alternancia en el poder permita a izquierdas y derechas aportar lo mejor de sí, en lugar de desconectarse de la ciudadanía sin comprender sus verdaderas necesidades.

    Que no abandonen a esos que aún con trabajo siguen siendo pobres, se sienten solos y desatendidos, y terminan eligiendo a populistas que saben apelar a las emociones, pero luego conducen a los pueblos al desastre.

    Así que, si en mi próximo paseo me da por hacer una pintada, será: “Volver a creer que la Democracia es posible”.

  • Imagen de Pexels en Pixabay

    Paula no imaginaba que el día de su cumpleaños sería el mismo en que España volvería a darse cuenta de su propia fragilidad. A primeras horas del mediodía de hoy 28 de abril, se fue la luz. Pero este no era un apagón cualquiera. Pasaban las horas y la oficina seguía a oscuras. Empezaban a llegar mensajes desde distintos puntos de la península reportando la caída del servicio eléctrico. La situación escapaba de la normalidad. 

    Sin poder usar los ordenadores y con una conexión a Internet y líneas telefónicas muy inestables, comenzamos a bromear, pero también a ser conscientes de todo lo que implica una caída de este tipo: cajeros electrónicos, puertas de garaje, semáforos, supermercados… Pensamos en los aeropuertos y en los hospitales, que en muchos casos podían abastecerse de momento con generadores. Por un momento, no fue posible saber qué ocurría con nuestros seres queridos. Sabíamos que esta situación no era normal y empezamos a suponer que, detrás de todo, habría como mínimo un ataque cibernético. 

    En los breves momentos en que volvía la conexión a Internet, pudimos confirmar garcías mensajes de WhatsApp de amigos y familiares nos enviaban desde distintos puntos de España y desde el resto de Europa, y por lo que veíamos en los portales de noticias que el apagón era generalizado y que incluía a Portugal pequeñas zonas, muy concretas de Francia. 

    Llegó mi hora de salir de la oficina, y al pasearme por las calles algunas escenas me recordaron los días previos al confinamiento por la COVID-19: la gente comentando la situación, enfrentando la incertidumbre. Sí, Occidente es muy frágil. Lo supimos en la época de la pandemia y vuelve a quedar en evidencia ahora, cuando las amenazas de guerra flotan en el ambiente. En otros países ya se tomaban en serio el kit de supervivencia desde hacía mucho tiempo. Quizá en España sea el momento de hacerlo también. Yo, sin duda. Sin electricidad ni Internet, resultaban fundamentales una radio a baterías y una linterna. 

     Es un día soleado, así que aprovecho para dar un paseo. De vez en cuando me siento en algún banco y voy escribiendo este artículo con mi teléfono móvil. En realidad, no quiero subir a casa: no funciona el ascensor y son seis pisos hasta mi ático. Tampoco puedo cocinar, ya que dependo de la electricidad. Todas son buenas excusas para quedarme en la calle, disfrutando de un día primaveral. Pienso en Paula. Seguramente, imaginó que el día de su cumpleaños encendería el número de velas acorde a su edad. Pero nunca imaginó que se convertiría en uno en el que España se vería obligada a reconocer, una vez más, su propia debilidad. La misma en la que se puede ver reflejado todo Occidente. Más allá de las causas, dependemos enteramente de la electricidad, y algo o alguien, puede dejarnos fácilmente sin ella. 

     Al cierre, ya en casa, habían pasado casi seis horas de apagón y volví a tener electricidad a las 17:37 h, hora peninsular española. Cerca de las 18:00 horas compareció el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, asegurando que “las próximas horas serían críticas”. Hizo un llamado al uso responsable de las líneas telefónicas, pidió limitar al máximo los desplazamientos y advirtió que no se descartaba ninguna hipótesis sobre el origen de los apagones. Para las 19:00 horas se esperaba una nueva reunión del Consejo de Seguridad Nacional. En algunos lugares de España, el suministro aún no se ha restablecido, informa Televisión Española a las 18:50. El comportamiento ciudadano, aseguran desde la cadena pública, está siendo ejemplar.

    Publicado el Informe21 al 28 de abril de 2025

  • Imagen generada con IA

    Temido, vilipendiado, evadido: así es el aburrimiento para muchos. Está mal visto.

    Hoy en día es muy difícil aburrirse, porque lo que sobra es entretenimiento: redes sociales, series y películas, música, compras; en definitiva, consumo. Vivimos abrumados por una avalancha de estímulos y posibilidades que nos generan estrés.

    Y, además, está mal visto aburrirse, porque hay que ser productivos: tanto en el ámbito laboral como en el doméstico. Siempre debemos estar haciendo algo: frente al ordenador, en la línea de producción, con la escoba en mano, o —en esferas más intelectuales— con un libro.

    Este afán por la acción constante se justifica, en parte, por la idea de que el ocio es refugio de vagos o desorientados, y muchas veces, fuente de ocurrencias poco afortunadas. Las primeras reglas monásticas impulsaron la disciplina del “orar y trabajar”, con el objetivo de recogerse ante Dios y no dar cabida al demonio en las mentes de los monjes. Siglos después, la Revolución Industrial nos convirtió a todos en engranajes de una gran máquina de producción en serie.

    Pero, en realidad, el mayor temor al aburrimiento es porque nos enfrenta al vacío: ese que cuestiona, desnuda e interroga. Un espacio que revela la crudeza de una insatisfacción, ya sea crónica o momentánea. Es cuando te das cuenta de que esa persona, ese trabajo, esa rutina vital ya no te llenan; de que deseas hacer algo que va más allá de lo que hoy te limita mentalmente. Un vacío que puede parecer sinónimo de muerte, pero que también es nacimiento, fuente de todo lo que existe.

    Por todo ello, benditos sean quienes se aburren, porque en ellos están las esperanzas de la creación. Son ellos quienes, al enfrentarse al silencio y al vacío, encuentran la chispa que enciende la imaginación y despierta nuevas ideas. En ese espacio aparentemente muerto, lejos del ruido constante y la distracción, florece la reflexión profunda y la conexión con uno mismo. El aburrimiento, lejos de ser un enemigo, se convierte así en un aliado imprescindible para el crecimiento personal y colectivo, un recordatorio de que en la pausa y la quietud se gesta el verdadero impulso hacia el cambio y la innovación.

  • Imagen generada con IA

    “Ya tú eres producto nacional”, sentenció mi amiga Sara, queriendo decir que mi integración a la sociedad burgalesa era completa.

    Me sentí orgulloso tras 14 años de haber emigrado desde Venezuela a Burgos, la tierra de mi madre y mis abuelos. Me sentía —y me sigo sintiendo— cómodo en estas tierras, cuyas gentes tienen fama de secas y distantes. Menos expresivas y emocionales que los latinoamericanos, seguro. Pero esa forma directa, franca, y esa tendencia a darse tiempo para conocer a la gente antes de entregar la confianza y un abrazo, me gusta. En las relaciones parecen valorar la coherencia antes que la expresión de afectos vacíos que solo queda en palabras.

    Sin embargo, con el paso de los días recordé algo que es obvio: por más integrado, aceptado y a gusto que esté con la cultura burgalesa, mi lugar de nacimiento y crianza fue Venezuela. También me di cuenta de que en Burgos existe una concepción parcial de la venezolanidad que, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, lleva a ver a Venezuela como un país del tercer mundo, profundamente atrasado y en manos de alguien como Nicolás Maduro. Pero Venezuela ha sido y es mucho más que eso.

    No me gusta quedarme en el pasado, en esa época dorada de la Venezuela saudita, cuando era el faro de la democracia en América Latina y un ejemplo de progreso económico y social en todo el mundo. Así que prefiero quedarme en el presente, en el que la diáspora venezolana no solo está conformada por excluidos del sistema y personas con pocos recursos económicos y escasa formación. También están todos esos profesionales, emprendedores, intelectuales, hombres y mujeres luchadores que, con su patria en el corazón, dan ejemplo en todo el mundo de nuestra capacidad de reinvención, ingenio, buen humor y alegría de vivir.

    Estas líneas no son para excluir a los desheredados del petróleo venezolano, a los abandonados de la clase democrática venezolana y luego traicionados por el régimen de Chávez. Estas líneas son para integrarlos a ellos, y también a aquellos que parecemos diferentes, pero que venimos de una misma tierra.

    Así pues, me asumo parte de esta tierra de Burgos que me ha recibido y abierto sus puertas con generosidad. Pero también reivindico ser parte del país en que nació mi padre, en el que crecí y me formé junto a mis hermanos. El mismo que, a mediados del siglo XX, acogió a mis abuelos cuando dejaban Burgos durante la posguerra y en el que convivieron armoniosamente criollos junto a libaneses, italianos, portugueses, españoles, católicos, judíos y musulmanes.

    Sí, Burgos es mi hogar, y Venezuela un pasado con el que he roto. Pero no dejo de ser venezolano. Yo, también soy Venezuela.

    Publicado en Informe21 el 21 de mayo de 2025

  • Me considero feminista, o «persona que promueve la igualdad de género y lucha contra la discriminación y las desigualdades que afectan a las mujeres». Apuesto por la «eliminación de las barreras sociales, económicas, políticas y culturales que impiden que las mujeres tengan los mismos derechos y libertades que los hombres». Algo que he ido comprendiendo es que, cuando hablamos de feminismo, hay que dejar claro qué entendemos como tal y qué corriente de este movimiento se defiende. Sirva esta aclaración como marco de las líneas que siguen. Porque hay una reivindicación que no termino de comprender: el uso del lenguaje inclusivo. Mi tesis es que el lenguaje genérico ya incluye a todas las personas. Así lo percibo como hombre, ¿pero cómo lo perciben las mujeres?

    A lo largo de los últimos siete años he ido realizando mi propia encuesta, y la gran mayoría de mujeres con las que he hablado han admitido que ya se sienten incluidas sin necesidad de modificar el lenguaje. En todo caso, me asegura la educadora social Silvia Mazo Gigante, que se ha acostumbrado a utilizar el lenguaje inclusivo más por un hábito adquirido durante sus estudios universitarios que por otra razón.

    Conversé con la psicóloga Xiomara Rondón: «El lenguaje inclusivo puede tener una buena intención para hacer visible la igualdad, pero personalmente no considero que sea algo esencial para sentirme incluida. El lenguaje tradicional puede seguir siendo útil y no necesariamente excluyente, siempre y cuando existan respeto y equidad». Rondón va más allá: «Las mujeres no necesitamos que nos llamen de cierta manera para saber que valemos y que tenemos un lugar (…) el verdadero empoderamiento viene de nuestras acciones, de lo que somos capaces de lograr. A veces el problema no está en las palabras, sino en cómo nos percibimos a nosotras mismas y el lugar que creemos tener en la sociedad”

    Por su parte, la escritora y doctoranda en Filología Inglesa Silvia Escobedo, quizás por “deformación profesional o por sentido común», se mantiene fiel a la idea de la «economía del lenguaje» y asegura no haberse sentido nunca excluida con el uso de un español «que es masculino y que ya nos incluye a todos y a todas». Dice que lo único que la excluiría sería recibir un salario menor por desempeñar el mismo trabajo que un hombre.

    Claro está que no he llegado a preguntar a todas las mujeres de España, por lo que estoy seguro de que más de una no estará de acuerdo con que el lenguaje inclusivo sea algo accesorio. Pero, al día de hoy, en mi entorno no encuentro a ninguna mujer que lo defienda. Prometo continuar mi investigación.

    Aún hay mucho machismo, en una época en la que las mujeres están mejor preparadas, se esfuerzan más que los hombres, están presentes de forma significativa en la mayoría de las facultades universitarias y se desenvuelven con sobrados méritos que las acreditan para alcanzar los puestos más altos de cualquier institución pública o privada. Que sigan -y triunfen- las reivindicaciones feministas. Y que para ello, no pierda el norte.

    Publicado en Informe21 el 28 de mayo de 2025

  • Imagen generada con IA

    Releer Las memorias de Mamá Blanca, de la insigne escritora venezolana Teresa de la Parra, me llevó a una conclusión incómoda: no me gusta cómo escribo. Cómo puede haber tanta belleza, delicadeza y frescura en una obra que, con tanta facilidad y sin carecer de idealización, nos transporta a la Venezuela de principios del siglo XX. Aquella sociedad rural y pacata, demasiado conservadora para una Teresa nacida en París, pero suficientemente idílica como para sembrar en su alma los recuerdos más tiernos.

    Al reflexionar sobre mis propios escritos, me llenan de pudor las opiniones que salpican cada línea. Me siento como si vociferara ideas que responden más a un momento emocional concreto que a la racionalidad de los datos. Es como una conversación de bar, donde un grupo de colegas habla de todo sin escrúpulos, sin aportar soluciones ni conocimiento profundo. Lo que está bien para compartir unas cervezas, pero no para exponer en una tribuna pública tan saturada de ruido e inconsistencias intelectuales.

    Sin embargo, lectores generosos y a veces indulgentes me interpelan y preguntan sobre mi silencio de estos meses: “¿Vas a volver a escribir? ¿Lo has dejado? ¿Has escrito algo y no nos lo has enviado?”. Explico mis razones y me animan a volver. Me recuerdan que no debo imitar a otros, que debo tener mi propio estilo, y que escribir sobre mis opiniones es algo legítimo. En mi mente, la voz impertinente de “no eres suficiente” y la odiosa comparación con quienes han hecho del ejercicio de la pluma una necesidad del alma, no un simple divertimento, no cesan de insistir. Pero reconozco que las razones de quienes me animan son tan válidas como mis pudores. Por eso, me abro a una nueva temporada de escritos sobre los más diversos temas, cotidianos, inspiraciones que surgen de la conversación con amigos y compañeros, en el tránsito del día a día.

    Nunca alcanzaré a Teresa de la Parra, ni su talento, sensibilidad, cultura ni temperamento. Pero sí puedo reconocerme en su modestia e inseguridad, como reflejan sus cartas al editor colombiano y amigo Carlos García Prada en 1932, donde confesaba un “lirismo innecesario” y una “musicalidad forzada” en las páginas de Ifigenia. A veces, ella tampoco se reconocía y se cuestionaba si su estilo era auténtico o producto de una época. Ni yo me reconozco en mis líneas. Quizás llegue a encontrarme, sin embargo, en el ejercicio de la palabra espontánea, honesta a veces y torpe otras.

    Publicado en Informe21 el 4 de diciembre de 2025